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Regresamos con otros dos curiosos casos de viajeros en el tiempo, la leyenda del Abad Virila y del Santo Ero de Armenteira. Nada que ver con los referidos en anteriores post, aunque estos casos quedan bastante cercanos al de Charlotte Anne Moberly y Eleanor Jourdain, no por proximidad temporal, sino más bien porque no son viajeros que vengan del futuro al presente (pasado para ellos), más bien, es un viaje no programado.

El Abad Virila.

 

El Abad Virila, fue un monje nacido en Tiermas (Zaragoza) cerca del monasterio de San Salvador de Leyre, del que llegó a ser abad, allá por el año de 870. Su figura histórica está documentada en el libro gótico de San Juan de la Peña, otra cosa es la leyenda que hay en torno a él.

La leyenda cuenta que el Abad era un hombre muy preocupado por entender el misterio de la eternidad. Intentaba comprender cómo era posible vivir eternamente sin llegar a aburrirse y, por lo tanto, dejar de ser feliz. En aras de comprender dicho misterio, Virila pedía a Dios en sus oraciones que le diera la clave de su comprensión, la ayuda necesaria para poder desvelar la preocupación.descarga

Una mañana se encontraba el abad paseando por los alrededores del monasterio, llegó a una fuente y se dispuso a descansar. En aquel mismo momento el canto de un ruiseñor lo dejó ensimismado y allí quedó, tumbado hasta que se durmió. Cuando despertó era tarde y se dispuso a desandar el camino de vuelta al monasterio. Pronto se daría cuenta que la zona que le rodeaba era diferente a la de la mañana. Es más, según se iba acercando al monasterio, se iba dando cuenta que el edificio era diferente. Lo veía más grande, envejecido, con una mayor iglesia y con nuevas dependencias que antes no estaban. Cuando finalmente llegó a la puerta del monasterio, el hermano que le abrió, le impidió el paso puesto que no conocía al que debía ser su abad. Virila tampoco reconoció al monje. Ni siquiera al decirle su nombre, el monje de la puerta le dejó entrar. Pero tanto insistió que al final le dejaron pasar. Una vez dentro, se fue integrando en la vida monástica sin entender cómo era posible que todos los monjes de Leyre le fueran desconocidos, y los mismos no le reconocieran a él. Pasado el tiempo un monje recordó algo sobre un Abad que salió a pasear y nunca volvió, así que se puso a curiosear en los antiguos libros de historia de la congregación y cuál fue su asombro cuando descubrió que hacía más de 300 años había existido un abad llamado Virila y como había recordado, había desapareció en el bosque. Hecha la revelación cuando todos estaban reunidos en la sala capitular, se abrió la bóveda de la misma y una voz se dirigió a Virila diciéndole: “sí tan pronto te pasaron los trescientos años escuchando el canto de un ruiseñor, imagina cómo pasará el tiempo en compañía del Altísimo”. De esta forma Virila comprendió el misterio de la eternidad.

La leyenda, muy usual en todo el Camino de Santiago, va tomando personaje principal en cada lugar. En Leyre le correspondió a Virila, o Viril, que fue abad en el siglo X. Hay base documental del año 928 donde nombran al abad Virila. En tiempo de Sancho el Mayor ya se le daba culto a este santo local tal y como se acredita en varios documentos en que lo asocian a las Santas Mártires Nunilo y Alodia. Los cistercienses incluyeron a Virila entre los santos formales y se conservan sus reliquias hasta la actualidad. Se ha ubicado en la sierra que rodea el monasterio una fuente con su nombre.

Santo Ero de Armenteira

 

armentiera-san-eroTras el acontecimiento ocurrido con el Abad Virila y por si no le habían entendido bien, Dios quiso dar otra lección tiempo después… En el siglo XII y en Pontevedra había un noble singular llamado Ero, quien fundó en compañía de un puñado de seguidores el monasterio cisterciense de Santa María de Armenteira. Y allí se quedó el bueno de Ero, al que poco tiempo después le nombraron abad, durante los años 1151 y 1176, año en que murió. Pero antes tuvo tiempo de protagonizar un viaje inesperado.

La pasión del monje era reflexionar sobre el paraíso. Un buen día de primavera en que el abad Ero paseaba por el bosque observó a un pajarito que cantaba con entusiasmo y gran calidad. Junto a un roble, nuestro abad se sienta a descansar y a escuchar al pájaro hasta que se marcha. Entonces, Ero emprende el camino de regreso. Como en el caso anterior, el camino a deshacer no es el mismo que pocas horas antes hizo.

El resto de la historia ya os la habréis imaginado, ¿no?. Cuando llega al monasterio éste no se parece en nada al que había dejado. Hay más monjes, los edificios son más grandes y modernos. Y hechas las presentaciones de rigor, estalla el alboroto que precede a lo que para ellos será un gran milagro. Los monjes se arremolinan alrededor del recién llegado, hacen aspavientos y hablan a la vez, se santiguan, alzan las manos al cielo y uno de los monjes consigue tener serenidad suficiente como para ir a la biblioteca en busca de un voluminoso y viejo libro, lleno, seguramente, de polvo. El hermano en cuestión se atreve a leer en voz alta: “Santo Ero de Armenteira, noble y piadoso varón, fundador y abad de este monasterio, quien nunca más fue visto después de salir a meditar al monte Castrove”. Y desde aquella desaparición habían transcurrido trescientos años.

Al oír aquello el santo comprendió que la Virgen le había regalado una visión del paraíso, la que él tanto había anhelado. Y allí mismo cayó muerto.

 

Y es que los viajes a través del tiempo de estos dos monjes no dejarían de ser cuentos mejor o peor logrados o producto de la imaginación de no ser porque antes de la Edad Media ya habían sucedido hechos parecidos. Más tarde la ciencia que nos rodea ha demostraría que ni el tiempo ni el espacio son tan absolutos.

Ahí va mi pregunta. Si en la Edad Media no sabian nada de viajes en el tiempo, universos paralelos o agujeros de gusano, ¿como es posible que estas dos leyendas hayan sido tejidas con tanto atino? ¿O Tal vez no fueron leyendas?.