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Aprovechando que en la publicación anterior tratábamos el tema de los vampiros desde el punto de vista de la mera ficción (ya sea en el cine o en la literatura clásica), habría que recordar como muchas veces la realidad es más escalofriante que la ficción.

Para empezar, todo el mundo pensaría en Vlad Tepes, el Empalador, siempre relacionado a la leyenda de Drácula, pero sin duda el personaje que vamos a tratar le gana en perversidad, locura y sobre todo, en sed de sangre. Se trata de la Condesa Erzsebet (Elizabeth) Bathory Nadasdy, aunque la historia la conocerá como La Condesa Sangrienta.

Nacida en Hungría en el año 1560, en la cuna de una familia de gran relevancia en Transilvania, perteneciente a la antigua Orden de los Caballeros del Dragón (a la que también pertenecía Vlad Tepes…). Su infancia transcurrió con la normalidad de una niña de familia adinerada, entre fiestas y banquetes. Solo fue ensombrecida por un mal extraño y desconocido para la época: la epilepsia.

Tras la muerte de su padre, a la temprana edad de 11 años, fue prometida a Ferenc Nadasdy (que prácticamente le doblaba la edad), miembro de una gran familia en Hungría (aunque no tan poderosa como los Bathory), conocido también como el “Príncipe Negro” por su bravura en la guerra contra los turcos.  Fue arrancada de su familia para ser criada por su futura suegra, una persona extremadamente controladora, austera y puritana. Fue totalmente privada de su libertad y tratada por un objeto, pero a su vez, fue dotada de una gran educación. Erzsebet era una persona con una inteligencia por encima de la media. Hablaba y escribía perfectamente el húngaro, el latín y el alemán (la mayoría de los nobles húngaros no sabían ni escribir…).

La boda fue 4 años después, adquiriendo su marido el apellido Bathory. Se instalarían en el castillo de Csejthe, una mansión/fortaleza lúgubre y sombría al pie de los Cárpatos. Mientras su marido pasaba la mayoría del tiempo combatiendo en las numerosas guerras de la zona (empalando a sus enemigos), ella recorría, aburrida, sola y abandonada, los interminables y sombríos corredores del castillo. Los únicos libros que tenía a su disposición para leer eran, o bien religiosos, o de carácter épico. Se hizo sumamente ermitaña. Pasaba horas delante de un espejo que había hecho construir a partir de un diseño propio. Se sentía prisionera del tiempo viendo como día tras día ese espejo le devolvía una imagen distinta, viendo como perdía poco a poco la juventud…

Pese a ser aún muy bella al cumplir los 40 años, su obsesión por alejar la vejez la llevo a recurrir a brebajes y filtros mágicos para combatirla. Se rodeó de brujas y alquimistas de diferente índole, con el fin de buscar fórmulas que la permitieran ser siempre joven. Se creía maldita, debido a un desafortunado incidente en el cual, tras desdeñar y burlarse de una anciana, esta le había respondido “¡Condesa, dentro de poco estarás como yo!”. Tras la muerte de su marido 4 años después, su obsesión empezaba a tornarse en locura.

Sin embargo, otro hecho desafortunado la hizo encontrar la solución que andaba buscando. Un día en que una de sus sirvientas la estaba peinando, un enredo hizo que esta le diera un fuerte tirón en el cabello. Erzsebet reaccionó de manera desproporcionada reventándole la nariz de un bofetón. Al salpicarle la sangre en la mano y antebrazo, a la condesa le pareció que en las zonas donde se encontraba esta, las arrugas se atenuaban y la piel recobraba la juventud perdida. Tras consultar el hecho con sus brujas y alquimistas, ambos coincidieron en que la sangre humana prolongaba la juventud. De ese modo, y con la ayuda de sus sirvientes, desnudaron a la pobre doncella y, tras asestarle un profundo corte en el cuello, llenaron un barreño con su sangre. Ese fue el primer “baño de sangre” de la Condesa, y desde luego, no fue el último.

Entre 1604 y 1610, las sirvientas de la Condesa la proveyeron de bellas jóvenes de menos de 18 años. Debían ser puras y virginales, para que su sangre no estuviese corrompida. Los modos e instrumentos que usaban entre la Condesa y sus sirvientas eran poco menos que brutales y grotescos. Uno de ellos era la jaula mortal, la cual estaba tapizada con cuchillos y adornada con filosas puntas de acero. Las brujas de la Condesa arrastraban a la pobre desdichada desnuda al interior de la jaula y la izaban mediante  una polea. Allí arriba, era azuzada con atizadores al rojo, para que retrocediese contra los filos. Abajo, la condesa recibía la sangre que manaba de su víctima. La vida fluía de la joven, para ser reutilizada por la Condesa. Arriba solo quedaba muerte, abajo la Condesa disfrutaba de una nueva vida. También recurría a la conocida Dama de Hierro, una especie de sarcófago lleno de afiladas puntas en su interior.

Más tarde se acostumbró a beber la sangre directamente mediante mordiscos en las mejillas, los hombros o los pechos. Otra práctica macabra, muchas veces por simple diversión, era la de quemar los genitales a algunas sirvientas con velas, carbones y hierros al rojo.

El problema empezó cuando las “muertes por causas misteriosas y desconocidas” empezaron a aumentar. Comenzaron a enterrar los cuerpos en secreto. Pero era tan grande el número, que empezaron a ocultarlos en lugares peligrosamente insensatos (como campos cercanos, silos de grano, el rio que corría bajo el castillo…). Empezaron a circular rumores de que la existencia de vampiros en las cercanías y que eso era lo que provocaba los cuerpos llenos de sangre que encontraban en los alrededores de la aldea.

En 1609, las falta de sirvientas jóvenes y vírgenes haría a Erzsebet cometer el error que a la postre acabaría con ella. Utilizando sus contactos, empezó a tomar niñas y adolescentes de buena familia para educarlas. Algunas de ellas empezaron a fallecer por “causas misteriosas y desconocidas”. En aquella época, la mortandad infantil era elevada, pero en este caso en particular, sucedía demasiado a menudo.

Estos acontecimientos, hicieron que por orden real se abriese una investigación que aclarase los “hechos misteriosos”. Se le encargo la misma a György Thurzo, primo de Erzsebet. El 30 de Diciembre de 1610, llegaron al castillo sin ningún tipo de oposición. Lo que encontraron allí… debía ser poco menos que dantesco. Encontraron a una chica desangrada en el salón y otra que aún estaba viva, pero a la que habían agujereado. En la mazmorra encontraron una docena que todavía respiraba, algunas perforadas o cortadas en varias ocasiones a lo largo de las semanas anteriores. Estas comentaban desgarradas como las habían obligado a comer la carne de sus compañeras muertas, ya que no les ofrecían nada más. De debajo del castillo exhumaron los cuerpos de 50 chiquillas más. Al examinar el diario de Erzsebet, aparecían, con todo lujo de detalles, la manera en que torturaba día a día a sus víctimas. El total de víctimas, según su diario era de 612 jóvenes. Erzsebet no negó en ningún momento los cargos. De hecho, los consideraba que eran un derecho que tenía como Condesa.

En el juicio posterior, se decidió que a los sirvientes que fueron sus cómplices, se les arrancase, uno a uno, los dedos de ambas manos con pinzas, para después ser echados vivos a la hoguera para que se abrasasen hasta convertirse en cenizas.

El veredicto para Erzsebet fue diferente. Para Thurzo, La Condesa de Bathory era “una bestia que no merece respirar el aire de este mundo, ni ver la luz de Dios, siendo indigna de pertenecer a la sociedad humana”. La condena seria ser encarcelada en su propio castillo. Erzsebet fue emparedada. Los albañiles cegaron puertas y ventanas, excepto algunos centímetros cuadrados. Durante 3 años y medio, vivió así con la lúgubre luz propia de un pozo. Falleció finalmente el 21 de agosto de 1614.

Como veis, los monstruos no están solo en las películas o en los libros…