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(24 de noviembre de 1946 – 24 de enero de 1989)

Seductor irresistible, inteligente y atractivo. Recibía cientos de cartas de amor con proposiciones indecentes y besos de lápiz labial, en la prisión de Starke, Florida, donde estuvo confinado hasta su ejecución. Licenciado en psicología, joven promesa del partido Republicano, Bundy era guapo y jovial. Detrás de la facilidad de palabras con las que encantaba a la gente se escondía un monstruo despiadado.

Cuando fue encarcelado, en 1976, echó a sus abogados y decidió defenderse sólo. Esto le permitió acceder a la biblioteca, por donde logró escapar saltando desde una altura de dos pisos. Fue capturado a los seis días. En la víspera de Navidad volvió a fugarse por los conductos de aire. Había adelgazado para pasar por el hueco. La segunda evasión acarrearía otros dos crímenes. Sin embargo, lo que más conmocionó a la sociedad fue el asesinato y la violación de la pequeña de 12 años Kimberly Leach.

Representándose a sí mismo interrogaba a los testigos con soberbia, y les pedía que recordaran lo sucedido. El esperpento judicial alcanzó su cima cuando Bundy, aprovechando una vieja ley, se casó en plena sesión del tribunal con una admiradora llamada Carole Ann Boone.

Bundy agotó todos los recursos judiciales para aplazar su propia muerte. Incluso ganó tiempo ofreciendo a los investigadores datos de asesinatos
jamás resueltos. El 24 de enero de 1989 fue finalmente ejecutado en la silla eléctrica por haber matado sádicamente a más de 30 mujeres.

En casi todos los libros que leamos sobre el tema encontraremos el nombre de Ted Bundy como paradigma de psicópata encantador y elocuente. Y así lo describían quienes le conocieron, como alguien «atractivo y cautivador». En un informe realizado durante su época de estudiante universitario, uno de sus profesores lo catalogó como «un joven maduro muy responsable y estable emocionalmente. No consigo encontrarle ningún defecto significativo». Claro que para entonces Ted Bundy pasaba por ser un estudiante brillante, envidia de todos sus compañeros que le observaban atónitos aprendiendo chino y cursando varias carreras a la vez. Una pena que esta progresión se cortara abruptamente cuando Bundy se enteró de que quien realmente consideraba su hermana era en realidad su madre y de que la chica con la que llevaba un tiempo saliendo rechazase su proposición de matrimonio.

Bundy tiene en ese instante 21 años de edad y su vida cambia por completo.
En 1973 comete su primer delito. Sodomiza, estrangula y degüella a una autostopista de 15 años. Decidido a seguir matando, idea un ardid para atraer a las futuras víctimas que demuestra el alto grado de organización de este criminal. Escayolándose el brazo, simula una avería en su coche Volkswagen Beetle y pide ayuda a las jóvenes que pasan junto a él, bien para subir algún mueble o para arrancar el vehículo. Estas, al ver su brazo enyesado, se prestan a ayudarle, momento que él aprovecha para golpearlas en la cabeza, dejarlas inconscientes e introducirlas en la parte trasera del vehículo. Para que la trampa funcione, Bundy cuida su aspecto físico y utiliza palabras que inspiren confianza.

Con este y otros ardides matará a un número aún indeterminado de mujeres, siendo detenido en 1978 y condenado a muerte por 30 asesinatos probados. Fue ejecutado en la silla eléctrica el 24 de enero de 1989. Pero Bundy no es sólo el perfecto ejemplo del psicópata asesino y encantador, también lo es del psicópata maestro del engaño, la segunda característica asociada a estas personas.

Por lo general, ya que nos movemos en términos estadísticos, los psicópatas son gente mentirosa, manipuladora. La mentira se convierte en una forma de vida y les acompaña desde su nacimiento hasta su muerte. Mienten cuando están libres, cuando son interrogados, cuando están a punto de ser ejecutados; mienten a sus familias, a sus amigos, a sus abogados… La única ocasión en la que se ha constatado una sinceridad real es cuando son detenidos por primera vez. Este es un momento muy delicado para el criminal, porque la invulnerabilidad de la que han disfrutado hasta entonces se quiebra y su mente afronta el destino que puede llegar: la cárcel o la pena de muerte. Un ejemplo más para demostrar que saben distinguir perfectamente el bien del mal.

En esos instantes, durante los interrogatorios iniciales y si las pruebas son lo suficientemente concluyentes, el asesino confesará casi con total seguridad. Sin embargo, cuando observan que el proceso judicial será largo y que por el momento no tienen nada qué temer, rápidamente recuperan la confianza perdida y vuelven a refugiarse en la mentira. Es asombroso que en esas condiciones, con numerosas pruebas en su contra, sigan confiando en que su capacidad persuasiva les evitará cualquier sentencia que no sea la exoneración de los cargos imputados,
pero así es.

Quienes pudieron entrevistar a Ted Bundy en prisión recuerdan que este proclamaba siempre su inocencia y que cuando advertía que se acercaba demasiado a una confesión, solía dar marcha atrás en sus palabras. Para evitar caer en un renuncio comenzó a hablar con los periodistas en tercera persona, disciplina en la que se convirtió en un experto.