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Todo se inicia, como siempre, en una fecha, la del 11 de enero de 2003. Ese día, la familia de Ángeles Ribot siente la ausencia de esta a la hora de comer. Ángeles vive en el barrio selecto del Putxet, tiene cuatro hijos y trabaja en una inmobiliaria.

Ese día ha ido a trabajar por la mañana, pero no ha regresado a casa al mediodía y tampoco se sabe nada de ella a la tarde en la oficina. Cada vez más preocupados, sus hijos constatan que su coche sigue estacionado en el aparcamiento añejo al domicilio familiar e interponen una denuncia en la Policía Local. Cuando regresan de la comisaría deciden inspeccionar el garaje.

Debajo de la escalera de la planta quinta, la última, encuentran el cadáver de su madre. Durante el examen policial de la escena se averigua que a Ángeles le falta el bolso y las tarjetas de crédito, pero no un valioso anillo que permanece en su dedo. Algo no encaja. La agresión ha sido brutal. Todo indica que la mujer fue arrastrada varios pisos abajo por las escaleras y que intentó defenderse de su agresor. Los cortes presentes en sus manos y dedos, levantados en un intento de repeler las cuchilladas que penetraron en su cuerpo, así lo corroboran. Las más importantes se localizan en el abdomen y en el costado. Un gran charco de sangre rodea al cadáver, pero las incisiones no han sido la causa de la muerte, sino la docena de golpes propinados en su cabeza con un objeto de base cuadrada y redonda que los policías identifican como algo similar a un martillo de encofrador. Hay pérdida de masa encefálica.

En la escena no se obtiene ninguna huella significativa del agresor, pero la policía está de suerte. El mismo día del crimen un hombre llama a Antonio, el marido de la víctima, pidiéndole dinero a cambio de entregarle información sobre lo acontecido. La cita se acuerda para la jornada siguiente en un lugar que el desconocido estipulará por teléfono.

Durante esa jornada Antonio es llevado mediante indicaciones telefónicas de un lugar a otro sin sentido aparente. El comunicante quiere cerciorarse de que nadie le sigue y finalmente lo cita en un bar. Cuando Antonio entra nadie se acerca a hablar con él y al rato se marcha. En ese instante la policía, que ha seguido sus pasos, pe-netra en el local y anota el DNI de todos los presentes. Entre ellos se encuentra Juan José Pérez Rangel, que no es sólo el asesino de Ángeles, también el autor de la misteriosa llamada. Claro que en ese instante nadie excepto él lo sabe.

Uno de los detalles que asombra en esta historia es la escasa pericia de Juan José Pérez Rangel. Por su dejadez y confianza, en un solo día los agentes ya disponen de su número de identidad y de una grabación realizada por un cajero de Caixa de Calatunya, en la que se ve a un joven de unos 25 años sacando dinero con la tarjeta de la víctima. La mala nitidez de la grabación permite, sin embargo, que Rangel cometa su segundo crimen.

Desde ese 11 de enero el asesino ha continuado vigilando la entrada del parking. Los vecinos se han percatado de su presencia, pero nadie llama a la policía. En una libreta, Rangel anota las matrículas y horarios de los coches que entran y salen. Quiere tener un control absoluto de la situación.

El 22 de enero aparece otro cadáver en el mismo aparcamiento y en el mismo hueco de la escalera donde se encontró el de Ángeles. La víctima se llama Maite de Diego. Su cuerpo está semisentado, boca arriba, con las manos esposadas a la espalda y atadas con una cuerda de nudo doble, al igual que uno de los pies, que ha sido sujeto a la barandilla con los cordones de sus zapatillas. La cabeza está tapada con una bolsa negra de basura anudada al cuello. Dentro de su boca hay hojas de periódicos. Todo indica que, mientras la mujer se asfixiaba, el asesino le golpeaba la cabeza fuertemente con un objeto contundente, ya que se encuentran gotas de sangre a 90 centímetros de distancia.

Con este nuevo hallazgo se demuestra que el asesino no mata por lucro, sino por sadismo. Las esposas, el papel de periódico en la boca, la bolsa de basura… todo está ideado para acrecentar el dolor de la víctima. No habrá una tercera muerte. Uno de los policías logra una imagen más nítida del cajero automático y el hombre que aparece le recuerda al joven que identificó en aquel bar en la mañana del 12 de enero. Es Juan José Pérez Rangel.

Tras detenerle su historia completa sale a la luz y es una triste historia. La de un muchacho que vive en el barrio marginal de la Mina, cerca de la cárcel Modelo, y que ansía pertenecer a una clase alta que nunca le admitirá. Rangel no tiene apenas estudios, ni casa propia, ni un trabajo cualificado. Por eso mata en el Putxet, como una venganza hacia quienes le desprecian por lo que es. Venganza que une a su sadismo.

Algunos lectores se habrán percatado de una especie de contradicción, que pese a señalarlo como asesino serial, Rangel sólo mató a dos personas y no a tres, como exige la definición con la que se iniciaba este capítulo. Si se le ha incluido en esta categoría es porque los numerosos indicios del caso apuntaban a que Rangel ya estaba preparándose para un tercer asesinato y de salirle bien, seguramente para un cuarto. Juan José Pérez Rangel ejemplifica también lo antes comentado de que, en el fondo, lo que estos criminales intentan es ser quienes no son o modificar el entorno para adaptarlo a sus fantasías personales.