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Durante siglos los verdugos han ejecutado su lúgubre trabajo con la complacencia de una dudosa legalidad. Han sido cientos de miles las víctimas de estos personajes de variado pelaje. Diríase, observando la biografía de alguno de ellos que, posiblemente, nos encontremos ante el perfil de un psicópata. No olvidemos que los psicópatas no son, en contra de lo que se pueda pensar, enfermos mentales. El psicópata sabe discernir perfectamente entre el bien y el mal, por eso disfruta mucho más con la consumación de sus terribles actuaciones. En efecto, estos seres abominables son los más peligrosos del catálogo criminal, auténticos embajadores del infierno en la tierra. Sus fechorías, por inusitadas y crueles, conmovieron a la sociedad que los padeció en diferentes épocas. Richard Jacquet es un fiel ejemplo de ello, su perfil psicológico sin duda cumple los cánones más escrupulosos de la psicopatía universal. Su solo recuerdo hoy en día en el Reino Unido sigue aterrorizando a jóvenes y mayores, los cuales denuncian ante los tribunales a todo aquél que se arriesgue a insultarles llamándolos con cualquier nombre por el que se conoce al verdugo más sanguinario de Inglaterra, en ese sentido: “John o Jack Ketch”, “Jack Catch” o el mismo “Richard Jacquet” son insultos considerados más gruesos y humillantes que otros exabruptos comúnmente utilizados.

En 1926 un tribunal británico condenó por difamación a un ciudadano que había llamado a otro simplemente “Jack Ketch”, eso fue suficiente para que el juez lo condenara a una multa seguida de un pequeño escarmiento popular que consistió en arrojar a un estanque al difamador. Existiendo en la historia miles de verdugos ¿por qué se hizo tan conocido Richard Jacquet? Momento es para descubrir su horrenda existencia teñida por la sangre de un número indeterminado de pobres ajusticiados. Nunca sabremos cuántos. Las primeras noticias sobre Richard Jacquet se producen en 1663, hasta entonces nada se supo sobre este hombre marcado por un peculiar aspecto físico.

Su cuerpo era diminuto y, en consecuencia, de escaso peso, el rostro horadado por la viruela no disimulaba el odio visceral que manaba de los vivaces ojillos de Jacquet. Sí amigos, Richard odiaba a la humanidad y eso no hay que perderlo de vista. Su pequeño tamaño y las huellas que la enfermedad había dejado en él, provocaban sin duda un pésimo sentimiento hacia esos congéneres que, a buen seguro, se habían mofado de él en la infancia y juventud.

El enano Richard comenzó en ese tiempo de su vida a gestar inconscientemente una particular venganza contra la sociedad que le repudiaba. No es de extrañar que se empleara como verdugo de alquiler para realizar algunos trabajillos sin importancia. En el siglo XVII era muy frecuente que pueblos y ciudades contrataran los servicios de verdugos para los castigos de baja monta: narices amputadas, orejas sesgadas, lenguas arrancadas de cuajo, latigazos y azotes componían la macabra oferta de unos hombres acostumbrados a la sangre y el horror. El oficio de verdugo, como es obvio, estaba mal visto, no obstante, muchos marginales vivían espléndidamente a costa del sufrimiento ajeno. Pocos deseaban pasar a la historia como asesinos, sin embargo, en estos siglos de oprobio algunas familias europeas implantaron en su seno la tradición de matar legalmente.

Tenemos casos extendidos por buena parte de la geografía europea: Francia, Italia, Alemania o la propia Inglaterra pagaron magníficas sumas a estos negros linajes, lo que les permitió vivir por encima de la media y eso, en el siglo XVII, era vivir muy bien. Además de este importante factor económico, también existía la parte de espectáculo que cada verdugo aportaba.

En el siglo XVII los reos condenados a muerte eran ejecutados siguiendo curiosas y diferentes parafernalias: decapitación, tortura, ahorcamiento, –tengamos en cuenta que los que morían lo hacían por traición a la corona, asesinato, robo…–; es decir, hechos supuestamente terribles que merecían el más severo castigo a fin de ejemplificar en aras a mantener un estricto orden social. Por tanto, cuánto más vistosa fuera la ejecución, mayor ejemplo se daba a la sociedad sobre la fortaleza del sistema.

Richard Jacquet desde 1663 se convirtió en el arma más mortífera del gobierno inglés. Sus escandalosas ejecuciones recorrieron el país durante más de veinte años. Los cadalsos donde actuaba eran los más frecuentados por el populacho, nadie se quería perder las payasadas de aquel enano tan sádico y odioso. En los días previos a la ejecución se podía ver a Richard paseando por las calles de la ciudad que le había contratado anunciando “el distinguido evento”. A Jacquet le gustaba la música, él mismo componía dulces cancioncillas donde contaba con profusión las lindezas que iba a cometer próximamente. Se podían escuchar estrofas como esta: “oídme, ha llegado la mejor medicina para la traición, soy John Ketch, el que limpia de traidores a nuestra querida Inglaterra”. Así cantaba mientras distraía a la concurrencia con volteretas y saltitos grotescos. No me nieguen que, al margen de las vísceras, era todo un showman. Cuando llegaba el momento de la verdad, el verdugo pequeñito se enfundaba en unas ajustadísimas mayas negras que solo dejaban al descubierto la reducida cabeza salpicada de viruela. Los condenados contemplaban estupefactos a su futuro ejecutor; sospecho que, más de uno, se fue al otro mundo con una agria mueca de diversión. Y es que no era para menos. La multitud presa del delirio aplaudía cualquier gesto de Richard, este les mostraba sus hachas, cuchillos y cuerdas, utensilios imprescindibles para consumar aquella salvajada. Situaba por ejemplo el filo del hacha sobre la nuca o cuello del condenado sin llegar a cortar la carne, luego se dirigía al vulgo como si aquello fuera un mitin político, el acto se podía prolongar todo lo que el capricho de Jacquet quisiera.

Finalmente, con el visto bueno de las autoridades allí presentes, terminaba la sangrienta faena, y esto último llegó a ser un molesto problema, dado que como hemos advertido, Richard Jacquet o John Ketch, no era precisamente una mole humana, sino, todo lo contrario, este asunto fue penoso, pues su pequeño tamaño le impedía asestar golpes de hacha certeros. Por si fuera poco, sus armas no eran de buena calidad, muchas de ellas se encontraban melladas por el mal uso, y eso impedía un correcto afilado. Se pueden ustedes imaginar lo dantesco de aquellas ejecuciones y lo mal que lo debieron pasar los condenados que caían en manos del diminuto verdugo. Aún así, nuestro personaje consiguió la popularidad necesaria para trabajar sin descanso durante algunos años. Pero a todo cerdo le llega su San Martín.

En 1679 Richard Jacquet alcanzó la cúspide de su infernal gloria cuando masacró en una sola jornada a 30 hombres condenados por traición. Lo hizo sin ayuda, provocando consternación y odio entre los asistentes, los cuales ya no reían las gracias de aquel psicópata convencido. En esos años John Ketch –recordemos que este era su nombre artístico– había diezmado la población de brujas, conspiradores y delincuentes de Inglaterra. Los hierros candentes, las sogas y el acero integraban su especial elenco del horror. Además, su afán por amasar fortuna lo impulsaba a cometer todo tipo de expolios sobre las víctimas llegando a robar los ropajes y las escasas joyas que portaban en ese instante final de sus vidas. John Ketch era un auténtico carroñero humano.

En 1683 aconteció una de sus más famosas anécdotas. En ese año, Lord Russell había sido condenado a muerte por diseñar un plan para secuestrar al rey Carlos II. Conocedor de la terrible fama que rodeaba al patético verdugo, ajustó un precio con este para que realizase el trabajo con precisión quirúrgica. Qué nadie se extrañe, pues esto era práctica habitual en aquella época donde las cabezas nobles rodaban por doquier. En consecuencia, el Lord británico indicó a su secretario particular que entregase a Jacquet diez guineas si el resultado era el convenido. El verdugo cruel aceptó el difícil reto de cortar limpiamente a cambio del dinero. Sin embargo, todo falló una vez más, y tras dar el primer hachazo la cabeza siguió unida al cuerpo de Lord Russell. Este movido por la eterna flema inglesa, volvió su rostro para espetar irónicamente al enano: “Oye, cabrón, ¿te he dado diez guineas para que me trates tan inhumanamente?”. Jacquet, sonrojado por la humillación del mal trabajo, tuvo que golpear tres veces más hasta conseguir separar la cabeza del tronco. Fue horrible y sangriento.

Casos como este se repitieron constantemente en la vida de Richard Jacquet. En 1685 el duque de Monmouth ofreció seis guineas a Jacquet por idéntico esfuerzo, en esta ocasión fue peor, dado que el noble recibió cinco hachazos y, finalmente, su cuello tuvo que ser cortado con un cuchillo. John Ketch estaba tocando fondo, pocos querían contratarlo y su afición a la bebida le mantenía borracho la mayor parte de los días. En 1686 fue a la cárcel por una deuda; cuando salió del presidio lo celebró matando a golpes a una prostituta, lo que motivó su condena a muerte en noviembre de ese mismo año. El ahorcamiento de Jacquet fue lamentable como su vida. Su escaso peso hizo que estuviera pataleando durante diez minutos hasta morir. Nadie lloró por él, y ahora le sufren en el infierno.

John Ketch (Alrededor de 1630-1686) fue un verdugo al servicio del rey Carlos II de Inglaterra y que fue conocido por su extrema crueldad y sadismo. Estudiosos de la criminología consideran a Ketch como uno de los primeros asesinos en serie de la historia. Poco se sabe de los primeros años de Richard Jacquet, conocido por John (Jack) Ketch.

Las primeras noticias que tenemos de él datan del 1663. Por aquel entonces, John se ofrece como verdugo de alquiler en ajusticiamientos en pueblos. Poco a poco, toda Inglaterra comienza a conocer los métodos sanguinarios con los que John Ketch hacía sus trabajos. Además, Jacquet hacía de las ejecuciones un auténtico espectáculo por las multitudes se acercaban a ver el modus operandi del asesino. De hecho, en 1679, Ketch llegó a la cúspide de su gloria al ajusticiar personalmente y sin ayuda 30 hombres condenados por traición. En 1683, llega una de las “anécdotas” más conocidas del verdugo. Jacquet fue el encargado de ejectuar a Lord Russell en Lincoln’s Inn Fields el 21 de julio de 1683. El noble fue condenado por urdir un plan para secuestrar al rey Carlos II.

Sabedor del destino que le esperaba, Lord Russell entregó diez guineas a Jacquet para que cumpliera con su obligación de una manera limpia y que no le provocara sufrimiento. Pero en el momento del ajusticiamiento y debido al mal estado de las armas que utilizaba Ketch, necesitó hasta tres hachazos para separar la cabeza del cuerpo del noble. El 15 de julio de 1685, Ketch tuvo otro encargo en parecidas circunstancias. En esta ocasión se trataba de James Scott, duque de Monmouth y ofreció seis guineas al verdugo para obtener un ajusticiamiento sin sufrimiento. Pero esta vez, el sacrificio fue aún peor. Ketch necesitó cinco golpes de hacha para rematar al reo para finalmente utilizar su cuchillo para separar la cabeza del cuerpo.

En 1686, Ketch ingresó en la prisión de Bridewell por impago de deudas. Cuando salió, mató a una prostituta lo que le valió la pena de muerte en noviembre de ese mismo año en la horca.