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Cuando Gerard John Schaefer fue detenido a comienzos de los 70, la Policía supo que había logrado apresar a un peligroso criminal. Desde hacía años se venían registrando extrañas desapariciones en una zona muy concreta de Florida. Muchas jóvenes a las que la tierra parecía tragarse y de las que ni sus restos se encontraban.

Los agentes encargados de la investigación trabajaban en la creación de un grupo especial adscrito únicamente a este caso, cuando dos muchachas acudieron a una comisaría relatando una historia que a la postre daría con el criminal. Según su relato, un hombre de aspecto normal las había recogido en un coche que parecía ser de la policía y con la excusa de llevarlas a su destino terminó por atarlas a un árbol a punta de pistola. Cuando ellas creían morir, el hombre dijo: «Uy, uy, me tengo que ir, volveré», y desapareció. El momento fue aprovechado por ellas para huir y acudir a comisaría.

Ya en el lugar descrito por las jóvenes, los policías localizaron diversos cadáveres diseminados por los alrededores y parcialmente descompuestos, además de prendas femeninas arrojadas sin sentido. La descripción que las dos supervivientes dieron del coche y el físico del agresor llevaron a Gerard John Schaefer, policía de una jurisdicción vecina que poseía antecedentes por abuso de poder.

Como reflejaba su expediente, había sido amonestado por parar coches conducidos por mujeres y tomar sus datos personales para luego llamarlas e intentar concertar alguna cita.

Observe el lector los detalles que podemos entresacar hasta ahora de la narración. Tenemos a alguien con trabajo estable y cualificado, no descuidado en sus
obligaciones –seguramente dejó a las chicas maniatadas porque empezaba su turno de trabajo–, metódico –siempre utilizó la misma escena para sus crímenes–,
de buen aspecto –las mujeres así lo describieron–, y que parece haberse redimido de su pasado. Un auténtico asesino organizado.

Cuando la policía registró su domicilio se encontraron pruebas que le incriminaban en la muerte de dos muchachas desaparecidas. En los armarios y cajones guardaba joyas, prendas femeninas, objetos pertenecientes a sus víctimas que fueron las pruebas clave para condenarle a cadena perpetua. Los agentes también encontraron cuantioso material pornográfico. Schaefer parecía tener una predilección hacia las mujeres ahorcadas, estranguladas y ahogadas. Incluso había escrito relatos y dibujado escenas con esa temática. En una foto donde aparecían tres mujeres desnudas él había escrito: «Estas mujeres me satisfarán. Si no, serán llevadas a la plaza del pueblo y entretendrán a los lugareños bailando colgadas de mi soga».

Schaefer era un asesino tremendamente organizado al que sólo un descuido lo había traicionado. Durante el juicio siguió haciendo gala de su tremendo autocontrol, asegurando a los periodistas que todo era una enorme equivocación y que pronto saldría libre. A pesar de las pruebas y los testimonios claramente incriminatorios, el acusado nunca perdió la compostura ni la sonrisa. Murió asesinado por otro preso en la cárcel el 3 de diciembre de 1995.