Seleccionar página

(1 de junio de 1953)

Disparaba repentinamente a sus víctimas, seis de esos disparos resultaron fatales. Poco después de su arresto, en agosto de 1977, Berkowitz confesó esos crímenes y agregó haber herido a otras siete personas. Declaró que un demonio que poseía al perro de su vecino le ordenaba cometer los asesinatos, pero luego cambió su declaración. Afirmó que solamente había disparado en dos ocasiones. Las demás víctimas habían sido asesinadas, según Berkowitz, por colaboradores de una violenta secta satánica de la cual él era miembro. Aún cuando permanece como el único imputado, algunos policías encontraron cierta verosimilitud en su última declaración. Era posible que los homicidios hubieran sido cometidos por más de una persona.

El caso fue reabierto en 1996. El 12 de junio de 1978 Berkowitz fue sentenciado a seis cadenas perpetuas.

David Berkowitz, el Hijo de Sam, gracias a él se descubrió que los asesinos seriales no tienen por qué mantener un modus operandi fijo.
Cuando alguien mata de forma sucesiva, descubre en cada delito nuevos detalles que pueden mostrarse importantes para ocultar mejor el cadáver, exponerse menos a ser descubierto o para aumentar el dolor de la víctima y, por tanto, su propio placer. Se pule el crimen. Un caso paradigmático es el de David Berkowitz, el Hijo de Sam. A su primera víctima intentó matarla con un cuchillo. Cuando observó que los periódicos no decían nada del asalto dedujo que la mujer había sobrevivido. Entonces alteró su modus operandi.

Viajó a Texas, se compró una pistola del 44 e inició una fructífera escalada de asesinatos, ya a punta de pistola. El gran problema llega en que este análisis que el criminal hace de su primer asesinato, descubre que la gratificación obtenida no se corresponde con la esperada. Dicho de otro modo, la fantasía ha superado a la realidad. Este es el motivo por el que el asesino o violador serial buscará a otra víctima para alcanzar esa gratificación tan ansiada y luego a otra y a otra, porque la realidad jamás se equiparará a lo pensado. Siempre hay un detalle que no se corresponde con lo deseado, una víctima que muere demasiado pronto, alguien que intenta escapar, un movimiento inesperado… Tras cada muerte el criminal recapacita sobre lo sucedido, pero no por remordimientos, sino para indagar qué podía haber hecho para que hubiese
sido todo más satisfactorio. Quiere mejorar. Es lo que Robert Ressler llama experiencias por satisfacer.

El asesino inicia entonces una marcha sin freno hacia el abismo porque, sabedor de que ya ha traspasado todos los límites, nada le impide proseguir con su escalada criminal. He aquí el auténtico quid de los asesinos seriales y de ahí el tremendo número de víctimas que atesoran algunos de ellos.