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crónicas de una vida , logo

capítulo II

CAPÍTULO III

  Zell, Ixchell y yo nos sentamos en aquellas sillas que, pese a su aspecto metálico y frío, resultaron ser bastante cómodas.

Los dos seres que nos habían recibido se marcharon, dejándonos a solas con nuestro pequeño amigo que apenas alcanzaba el metro veinte de estatura, y que estaba situado al lado de aquel panel tan misterioso para mí hasta el momento.

Tras cerrarse la puerta que comunicaba con el resto de la nave, la luz de la rectangular sala bajó de intensidad hasta quedarnos en penumbras. Con la falta de luz pude observar cómo a nuestro pequeño amigo le brillaba tenuemente la piel, dándole un aspecto etéreo.

Desde las esquinas superiores del fondo de la sala, dos puntos de luz rompieron de repente la oscura calma del cuarto y dos finas líneas de luz trazaron en el centro de la sala una esfera holográfica que representaba fielmente al planeta Tierra. En él, había varios puntos de diferentes colores. Dos de ellos destacaban por estar parpadeando, mientras el resto, mantenía fija su luz.  La mayoría de esos puntos eran totalmente desconocidos para mí en ese momento.

Los puntos luminosos que estáis viendo —dijo el hombrecillo gris señalando los puntos fijos del holograma— son los lugares en los que civilizaciones externas al planeta han tenido contacto con los nativos del lugar —señalaba mientras su voz sonaba en mi cabeza— o bien son lugares donde nuestros sistemas están detectado tecnología latente en estos momentos.

El hombrecillo no estaba moviendo los labios. Simplemente escuchaba su voz en mi cabeza. Ixchell y yo nos miramos de reojo, comprendiendo que se estaba comunicando con todos nosotros a la vez. Intentamos que nuestra cara de asombro pasara desapercibida. Mientras tanto, Zell no quitaba ojo de aquel pequeño ser sin hacer el más mínimo gesto que delatara lo que cruzaba por su cabeza.

Los puntos que se muestran fijos —continuó nuestro interlocutor— son lugares detectados y documentados, en los que ese contacto ya ha terminado o se ha interrumpido. Los puntos parpadeantes, son los que actualmente tienen algún tipo de tecnología activa.

Uno de esos puntos es nuestra ciudad —pensé con vacilación— pero… ¿Cuál será el otro?

Yo no tenía ninguna intención de transmitirle mis dudas a nuestro anfitrión, pero leyó mi mente tan claro como si se lo estuviera susurrando en el oído.

En ese momento, hizo un gesto sobre el panel que tenía frente a sí y de su pequeña boca salieron una serie de sonidos ininteligibles. Comprendí que estaba hablando con alguien, porque del panel salió una secuencia de sonidos similar, a modo de respuesta.

Incluso antes de que dejara de “hablar”, se abrieron las puertas de la sala. Con paso firme y seguro, apareció alguien que no era de ninguna de las especies allí presentes. Aquel ser, de apariencia humana, tenía pequeños rasgos que lo hacían diferente. Físicamente podría pasar por cualquier mujer de mi mundo o de la Tierra: pelo corto y castaño, ojos marrones, metro sesenta de estatura aproximada… pero sin embargo, tenía las orejas puntiagudas y en la boca, unos pequeños colmillos, más largos de lo normal, que se montaban sobre su fino labio inferior.

Vestía de distinta forma que nosotros, los Lantianos. Toda su ropa era de un blanco amarfilado con los bordes de color dorado. Los ropajes eran cortos, tanto la falda como la parte superior, dejaban ver más de lo que yo estaba acostumbrado a ver en las mujeres de mi ciudad. Un amplio escote dejaba ver claramente un colgante que caía del cuello donde centelleaba un pequeño cristal de un tono azul cielo espectacular. Un brazalete dorado adornaba su brazo derecho mientras que sus manos estaban cubiertas por unos guantes marrones cuyo material no llegué a identificar… quizá algún tipo de piel. Completando su atuendo, vestía unas botas del mismo material y color que los guantes que, en contraste con el resto de su vestuario, eran tan altas que le llegaban a la mitad del muslo.

En sus pequeñas manos portaba una bandeja negra con forma triangular, sobre la que había tres pequeños objetos de color dorado con forma de alubia.

—Hola, me llamo Ari —dijo jovialmente en nuestro idioma—. Bienvenidos.

—Encantado de conocerte Ari —Dijo con seriedad Zell. De mi boca solo llegó a salir un tímido balbuceo, mientras que Ixchell simplemente acertó a realizar una leve inclinación de cabeza.

Se acercó a nosotros y extendió sus manos acercándonos la bandeja.

—Tomad, coged uno de estos recipientes. Dentro encontrareis un pequeño traductor que debéis colocar detrás de una oreja, para que podáis entender todo lo que diga Anshar…

Por fin le ponía nombre a nuestro amigo… Anshar. Mientras, Ari continuaba hablando.

—…de esta manera, no tendrá que hablaros a través de la mente, lo que con el tiempo haría que os doliera la cabeza y os sintierais agotados. Podréis asimilar mejor todo lo que os tiene que contar y además no tendréis que estar tan alerta con vuestros propios pensamientos ya que a partir de este momento, no hará uso de su poder telepático.

Millones de interrogantes recorrían mi cabeza, pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, Ari, empezó a contestar preguntas que mi boca no hacía.

—Soy de un planeta llamado Vanaheim.

La miré sorprendido, ya que no recordaba que esa pregunta en particular hubiera cruzado por mi mente.

—Sí, soy humana también, pero como ya has visto, con algunas mejoras —sonrió acariciándose su pequeña y puntiaguda oreja.

Por cómo me miraba Ixchell, Ari también estaba respondiendo a sus preguntas.

—No, no estoy aquí esclavizada ni en contra de mi voluntad. Soy Guardiana en mi planeta y estoy aquí para enseñaros a luchar… —logró decir antes de que Anshar la cortara.

— ¡Ari! —La palabra retumbó en nuestras mentes como un trueno—. Todo a su debido momento pequeña —Continuó Anshar con un tono más calmado. Casi dulce.

—Perdone maestro, siempre hablo demasiado… —dijo ella con voz tímida y bajando la mirada hacia el suelo pero sin que su mirada pícara se retirara de sus ojos. Se situó inmediatamente detrás de nuestros asientos, en pie, a la espera de las instrucciones de Anshar.

Comenzamos a abrir los recipientes que aquella jovial muchacha nos había dado. Dentro, había un pequeño “botón” que, imitando los actos de Zell, coloqué rápidamente tras mi oreja derecha notando un pequeño pinchazo.

Anshar se volvió de nuevo hacia nosotros.

—Ya que Ari nos ha interrumpido… —dijo Anshar con voz seria mientras Ari hacía un mohín con su pequeña boca— dejaremos el asunto de nuestro mapa para más adelante.

La sensación de entender lo que Anshar decía, me resultaba extraña. Había estado comunicándose con nosotros a través de la mente, dejándonos algo cansados y un poco aturdidos.  Y ahora, simplemente con la mediación de aquel pequeño dispositivo pegado a la oreja, podíamos entender su lenguaje. Sin duda su tecnología superaba con creces a la de mi gente.

Volví a prestar atención a lo que Anshar, que no había abandonado su posición, nos estaba contando. En ese momento, se apartó del panel y se situó frente al holograma del globo terráqueo para continuar su explicación.

—Ya habéis oído que en varias ocasiones se menciona a Los Guardianes —durante una fracción de segundo fijó su mirada exclusivamente en Zell. Fue un gesto tan rápido y pasó tan deprisa, que pensé que me lo había imaginado—. Como ya sabéis por vuestras clases de historia, el Universo comenzó de la nada, con una expansión brutal de energía, de la cual comenzaron a formarse las galaxias y los planetas. Todo el Universo, según nuestras teorías comenzó en un único punto.

Hasta el momento, no nos estaba relatando nada que no supiéramos. Una simple clase de historia como las pasadas en miles de ocasiones con el viejo profesor Harahel.

—Pero muy pocos de los vuestros conocen el resto de la historia que se esconde detrás de esos hechos. Y los que los conocen, tiene totalmente prohibido difundirlos.

Ixchell y yo dirigimos la mirada hacia Zell, que mantenía su gesto impertérrito sin desviar la mirada de Anshar. Por su parte, el pequeño hombrecillo se apartó del holograma para colocarse frente a la pared que estaba situada frente a la puerta de entrada.

Volvimos a quedar sorprendidos por la tecnología que nos rodeaba cuando puso su mano sobre la pared y un contorno luminoso comenzó a rodearla. En ese momento una porción de la pared, de unos cuatro metros de ancho por dos de alto, se desvaneció revelando un ventanal a través del cual se podía observar el suelo lunar, dejando ver a lo lejos una parte del planeta Tierra. Con actitud lacónica, se acercó al recién aparecido cristal y fijó su mirada en el horizonte de tal manera que, desde nuestra posición, podíamos observar su rostro en el reflejo de aquel improvisado mirador.

—Cuando el universo se formó con esa brutal expansión, dejó un resto de energía en lo que podríamos considerar su centro o punto cero. Ese resto, si bien sería residual con respecto al estallido inicial, es la fuente de energía más grande y más poderosa que existe.

La primera imagen que acudió a mi mente, fue la de los Viriis… si se hicieran con una fuente de energía de esa magnitud, sería el fin de nuestra existencia. Ari puso su mano sobre mi hombro y agachándose me susurró al oído —No adelantes acontecimientos. Presta atención.

Mientras, yo pensaba que Ari también podría aparcar sus poderes telepáticos por el momento, Anshar continuaba con su lección de historia.

—Sabemos que, hace mucho tiempo, existió una raza sabia. Quizá la raza más antigua del Universo. Con una tecnología y unos conocimientos muy superiores a los que podáis imaginar. Esa raza, detectó por puro azar esa fuente de energía en forma de esfera azulada y su afán de acumular conocimientos, les llevó a querer controlarla. Tras siglos estudiando, consiguieron lo que parecía imposible y descubrieron la forma de dominar a voluntad ese poder. Pero aquel éxito y el tiempo transcurrido, los había vuelto orgullosos. Comenzaron a creerse por encima de las demás razas de su galaxia y empezaron una expansión en la que invadieron muchos planetas, esclavizando a las diferentes civilizaciones y asolando todo a su paso con la ayuda de la Esfera.

»De alguna manera, consiguieron encontrar la forma de almacenar la energía de La Esfera para usarla a su antojo. Una vez almacenada, les resultó relativamente sencillo canalizar esa energía para activar grandes armas adaptadas que acoplaron en sus principales naves. Cuando se acercaban a un planeta que querían invadir, simplemente disparaban sus titánicos cañones desde el espacio sin dar lugar a réplica o defensa alguna. Simplemente con eso, las principales ciudades quedaban arrasadas y los ejércitos defensores diezmados sin haber siquiera detectado a su agresor. Posteriormente solo debían tomar tierra para, ya sin apenas resistencia, masacrar sin piedad a la población restante, siempre y cuando, no quisieran unirse a sus filas como esclavos.

Ixchell cogía mi mano con fuerza, conmocionada por los nuevos descubrimientos que cambiaban todo lo que hasta ahora sabíamos. Cuando desvié la mirada hacia ella, vi que por el otro lado, apretaba también la mano de su padre, Zell.

—Tras milenios de planetas destruidos, civilizaciones aniquiladas y terror en el universo, un planeta consiguió plantarles cara —Anshar desvió su mirada del exterior y nos miró con energía—. Varios años de encarnizada lucha después, lograron derrotarlos. Creemos que recibieron ayuda de una raza extranjera. No de otro planeta u otra galaxia… creemos que son de otra dimensión, pero no podemos demostrarlo porque no dejaron constancia que hubieran estado allí y los nativos del planeta juraron que no dirían nada nunca. Aunque sufrieron grandes pérdidas, se hicieron con la victoria y consiguieron arrebatar el origen de su poder, que tanto mal había hecho, a sus enemigos. Sabiendo lo peligroso que podía ser acumular tal fuente de energía, tuvieron que decidir su destino.

»En un inicio, decidieron destruirla. No conocían ninguna forma de hacerlo, pero aplicaron todos sus conocimientos para poder eliminar aquel poder que hasta ese momento solo había causado desgracias. Para no causar más daños de los necesarios, llevaron la Esfera a una de las ciudades que había quedado arrasada por la reciente guerra para destruirla allí. Pero cuando se disponían a hacerlo, la Esfera mostró un poder que había permanecido oculto hasta ese momento. Al depositarla en el suelo, el color azulado cambió por un verde oscuro. Del suelo dónde estaba posada surgieron una serie de ondas que se expandieron con rapidez por todo el planeta. Acto seguido, a su alrededor, comenzó a brotar vegetación a un ritmo sorprendente. La tierra se humedeció al aflorar el agua subterránea y salir a la superficie. El aire se refrescaba y purificaba en torno a ella.

Me descubrí tenso e ilusionado. Bebiendo las palabras de Anshar y deseando poder presenciar aquella idílica escena.

—Viendo lo ocurrido, comenzaron a estudiar la forma de canalizar aquella energía para regenerar y devolver a su planeta la vida perdida durante la guerra. Durante los siglos posteriores, aprendieron muchas cosas sobre la Esfera y las diferentes formas en que podían usarla.

»Cuando su planeta estuvo completamente rehabilitado, sucedió algo completamente imprevisto. La Esfera se replicó por sí misma y la copia se fue hundiendo en el terreno mientras la original se mantuvo en la superficie. En ese momento, un haz de luz surgió del punto donde quedó enterrada la copia y a su alrededor, el crecimiento de la vegetación se aceleró considerablemente.

»Aquellos hechos dictaron la forma de actuar desde aquel momento. Viajaron por las galaxias con el fin de rehabilitar los planetas que habían sido arrasados y liberar a los diferentes pueblos esclavizados. En algunos de aquellos planetas, se repitió el proceso de La Replicación, haciendo que La Esfera, fuera quedando repartida a lo largo de las galaxias.

»Varios de los planetas rehabilitados intervinieron activamente en la restauración de muchos otros. Esto forjó una gran amistad y confianza que se plasmó en la formación de la Gran Alianza, cuyo objetivo era vigilar Las Esferas y protegerlas para que no volvieran a repetirse los errores del pasado. Además se encargaban de organizar destacamentos de los diferentes pueblos integrantes para estudiar los progresos de los planetas que albergaban las diferentes réplicas de La Esfera. Algunos de los pueblos que ya conocéis, como son Pandra, Anún y Vanaheim formaban parte de esa alianza, además de mi propio pueblo, Mintaka. A esos integrantes iniciales, se uniría más tarde una nueva raza: Los Virii.

Al escuchar ese nombre, me recorrió un escalofrío por la nuca. Me di cuenta de que Ixchell tensaba la mandíbula mientras que Zell abría y cerraba los puños continuamente pero sin modificar un ápice su expresión. ¿Acaso los Virii formaban parte de la Gran Alianza? ¿A quién se les ocurrió otorgarles tal poder?… Me obligué a detener mi cadena de pensamientos para no perder detalle de la explicación de Anshar.

—En un inicio, el pueblo Virii prometía mucho. Habían quedado prácticamente diezmados en la guerra. Quedaban muy pocos integrantes de su raza, pero los que habían sobrevivido, mostraban una gran voluntad de superación y parecían verdaderamente interesados en mejorar las cosas a su alrededor. Poseían una gran ambición y aunque sus conocimientos tecnológicos eran bastante primitivos con respecto al resto de integrantes de la Gran Alianza, su capacidad de aprendizaje era excepcional.

»En uno de los muchos planetas rehabilitados comenzaron los hechos que nos llevan a la situación actual, cuando en un corto espacio de tiempo se perdió todo contacto con el destacamento de la Gran Alianza allí designado —Sus ojos se entrecerraron con tristeza—. No se conocen muchos datos sobre los hechos allí ocurridos salvo algunos registros obtenidos por diferentes transmisiones que se han podido conservar. Lo poco que se pudo deducir en aquellos momentos fue que la mayor parte del grupo de Viriis que integraban el destacamento, dirigidos por un soldado llamado Shiikacep, se rebelaron contra todos los demás y los exterminaron sin piedad.

»Según los informes, aquél fue el comienzo del ansia de poder de la que actualmente, es la raza más temida del universo. A partir de aquel momento, decidieron localizar aquellos planetas que albergaran vida y hacerse con todas las esferas. Se habían vuelto muy poderosos. Shiikacep, de alguna manera, había logrado llevar varias Esferas al planeta Virii, haciéndose con el dominio total del gobierno de su pueblo y el control de todos sus recursos. La gran mayoría de los Virii, le seguían con un fervor absoluto, considerándolo casi una deidad.

»Al detectar aquel inicio de rebelión la Gran Alianza se movilizó para detenerles. Se formó un ejército de coalición para cortar de raíz aquel gravísimo problema, pero la batalla, si es que se puede llamar tal, fue corta. El pequeño ejército Virii comandado por Shiikacep aniquiló de un plumazo al ejército aliado, muy superior en efectivos y, supuestamente, en recursos.

En mi cabeza nada tenía sentido. El nombre de Shiikacep era odiado y temido en todo el universo. Se pronunciaba en voz baja, con temor. Pero siempre lo había oído en pasado y nunca me habían relatado los hechos de su alzamiento. ¿Todo el ejército de la Gran Alianza fracasó contra un puñado de rebeldes? ¿Cómo pudieron hacerse con un poder semejante en tan poco tiempo? Me resultaba imposible asimilar todos los detalles que nos estaban revelando.

El reflejo en el cristal de Anshar mostraba un rostro lleno de rabia y frustración. Podía notar su dolor simplemente viéndole de espaldas. Tras nosotros, Ari parecía inquieta. Oía como cambiaba su peso de un pie a otro dando saltitos nerviosos. Probablemente ella conocería esa historia y la habría escuchado decenas de veces, pero parecía que el escucharla de nuevo no la dejaba indiferente.

Zell mantenía su gesto adusto e impertérrito. Sin hacer ningún movimiento. Mientras, su hija, tenía su mirada, llena de tristeza, fija en el suelo.

Anshar con voz un tanto quebrada, continuaba con su macabra lección de historia.

—De los millones de soldados que marcharon hacia aquella batalla, tan solo dejaron con vida a un pequeño grupo formado por miembros de alto rango de cada raza aliada, dotados de una pequeña nave para desplazarse al planeta más cercano de la Gran Alianza. Ese grupo tenía instrucciones muy precisas de Shiikacep para difundir la historia de su alzamiento y el renacer de su raza.

Anshar volvió a manipular aquella increíble ventana y con un destello mostró en su superficie las imágenes de una grabación. La ventana, ahora convertida en un translúcido monitor, mostraba a un ser de aspecto humano. Su estatura debía rondar un metro y ochenta centímetros. Tenía la piel tostada y vestía un camisón blanco con un símbolo redondo y alado en el centro del pecho. Su cráneo aparentaba ser algo más alargado de lo habitual en alguien humano y estaba recubierto con una larga melena, a la que acompañaba una tupida barba, ambas de color gris. Pero el rasgo que más destacaba de su aspecto, eran unos ojos tan blancos que apenas se les podía apreciar si las pupilas eran redondas. Claramente se trataba de un habitante de Anún. Estaba demacrado y con heridas recientes. La grabación mostraba una especie de audición o reunión en la que aquél personaje contaba la historia de lo sucedido en aquella batalla a otro grupo de personas de orígenes variados.

[…] La Gran Alianza envío nueve naves de combate para cortar de raíz la sublevación de los rebeldes. Cada nave estaba comandada por un oficial de amplia experiencia y albergaba cerca de doscientos cincuenta mil soldados. Los mejor formados y más disciplinados de cada pueblo aliado, guiados por los mejores oficiales. Yo fui nombrado Comandante en Jefe de la expedición.

Nos aproximamos al planeta Virii sin contratiempos. No esperábamos demasiada resistencia, puesto que según los informes, los rebeldes eran pocos y no sabían de nuestra llegada. Ordené que cada una de las naves se aproximara por un punto estratégico al planeta, pero quedándose en una órbita estacionaria lejana hasta que se diera la orden de atacar.

Justo en el momento en que barajábamos la posibilidad de contactar con los rebeldes para ofrecerles una posibilidad de rendición, se escuchó por radio un chirrido cortante y dos de las naves desaparecieron del radar. Tan solo un ruido… y habían desaparecido quinientos mil efectivos.

Para cuando quisimos reaccionar, pudimos observar como desde un punto del planeta se proyectaba un potente rayo rojizo que impactaba en la nave que estaba situada más cerca de la mía. La nave, acompañada del chirrido por radio, se desintegró en mil pedazos y junto a ella otras dos, que no llegábamos a ver, pero que desaparecieron de nuestros sistemas de seguimiento.

Solo quedaban cuatro naves… nuestros efectivos se habían reducido a menos de la mitad y aún no entendíamos cómo había ocurrido. Sin haber realizado un solo disparo, un solo ataque, habíamos perdido aquella batalla.

Di la orden de retirada. Debíamos salvar a toda costa al resto de la tripulación.

Cuando nuestras naves ya estaban virando para abandonar el lugar, nuestros radares detectaron más de un millar de pequeños puntos que se acercaban rápidamente a cada una de las naves. Eran pequeñas naves tripuladas, mucho más rápidas de lo que esperábamos que nos alcanzaron enseguida y, rodeando las naves comenzaron a atacar.

Para ser unas naves tan pequeñas, su potencia de fuego era increíble. Abrían brechas en los cascos de nuestras naves con gran facilidad. No pudimos hacer nada. Tan solo conseguimos derribar algunas docenas. Enseguida, detectaron los muelles de carga y nos abordaron.

La batalla se trasladó al interior de las naves. Cualquier decisión de bloqueo de pasillos o de defensa, fue evitada con pasmosa facilidad. Muchos de mis hombres murieron. Las comunicaciones por radio, rebelaban que en las otras tres naves ocurría lo mismo.

En poco tiempo, los disparos y las explosiones se oían directamente desde el puente de mando, hasta que una explosión pulverizó la puerta de acceso al control. Una decena de Viriis entraron disparando sus armas. Con mi arma, acerté al que marchaba en primera posición, pero el disparo no frenó su avance. Eliminaron a cuatro de mis oficiales antes de reducirnos y tomar el control de la nave. La radio estaba ahora en silencio. No sabía que había ocurrido con el resto de las naves.

Una vez hubieron controlado la nave, pusieron rumbo al planeta y tomaron tierra en un desierto… yermo y desolado, con una extensión inmensa. Tras tomar tierra los Virii que había en el puente dispararon a los mandos de control, inutilizando todos los mecanismos para dirigir la nave. Me cogieron a mí, por mi rango superior y a otros dos oficiales y  nos hicieron salir del puente, increpando al resto de mis oficiales para que se quedaran en el puente sin hacer movimientos. Mi segundo al mando se quedó a cargo de la nave y le hice un gesto para que no hiciera nada que pudiera poner en peligro más vidas.

Según íbamos recorriendo los pasillos y galerías, puede observar la destrucción que en tan poco tiempo había causado la incursión rebelde. Había muertos por todas partes y no había un solo departamento que no tuviera daños. Finalmente, llegamos a la escotilla de salida y nos bajaron a tierra.

Una vez en tierra, pude ver que las otras tres naves estaban también en aquel desierto, posadas en semicírculo y orientadas hacia un gran ejercito Virii que se veía a lo lejos. Nos montaron en un vehículo y pusimos rumbo hacia el ejército rebelde. Según nos acercábamos, otros tres pequeños vehículos se unieron a nosotros. Reconocí inmediatamente a los comandantes de las otras tres naves. Al igual que yo, iban acompañados por dos de sus oficiales.

Cuando llegamos junto al grueso del ejército rebelde, nos acercaron a su vanguardia, donde estaba su líder, en lo alto de un vehículo y acompañado por dos oficiales. Nos bajaron de los vehículos en los que nos habían desplazado y nos colocaron en fila frente a él.

Solo dijo unas cuantas palabras en un tono firme. Sin elevar la voz…

Soy Shiikacep. Contemplad mi poder.

Tras aquellas palabras, a lo lejos, de lo que creo que era una ciudad Virii, salieron cuatro enormes rayos que pasaron sobre nosotros con un zumbido. Apenas me dio tiempo a girar el cuello. Cuando quise mirar hacia atrás, nuestras naves estaban estallando en mil pedazos, junto con el millón de soldados que transportaban.

Los recuerdos tras ese momento están un poco difusos… Algunos de mis camaradas se lanzaron contra los guardias que nos retenían y fueron reducidos a golpes. Otros gritaban. Otros lloraron. Yo… yo me lancé inconscientemente contra Shiikacep. No recuerdo qué sucedió, pero me desperté un momento más tarde, ensangrentado y tirado en el suelo, con mis oficiales intentando levantarme. Supongo que los guardias que nos retenían frenaron rápidamente mi intento de agresión a su líder.

De los dos millones y cuarto de soldados que iniciamos esa expedición, solo quedábamos doce. Shiikacep hizo un gesto y volvieron a formarnos ante él. Del fondo del ejército rebelde, se acercó una de las pequeñas naves que habían intervenido activamente en nuestra derrota y aterrizó a unos pocos metros de nuestra posición. Nos empujaron hacia ella y el líder rebelde, comenzó a andar tras nosotros. Cuando todos estuvimos al pie de la nave, Aquel ser se dirigió de nuevo a nosotros.

Memorizad bien lo siguiente que os voy a decir:

“Yo soy Shiikacep. Comandante en Jefe del pueblo Virii. Señor de La Esfera y Guía  Supremo del Universo. Ordeno a la Gran Alianza que abandone su afán de controlar a los Viriis. Raza suprema de ésta y de todas las galaxias. Desde hoy, comandaré a mi pueblo por todo el universo con el fin de proteger La Esfera de las manos impuras del resto de razas indignas que infestan las galaxias.

La Esfera me eligió, al igual que yo hice con mis dos hermanos aquí presentes para gobernar y limpiar el universo. La Gran Alianza debe aceptar mi liderazgo y rendirse a mí. Cualquiera que se oponga al pueblo Virii, no conocerá otra cosa más que muerte y destrucción.”

Acto seguido hizo un gesto a uno de los soldados que nos custodiaban y éste empujó a uno de los prisioneros, un general pandriano, derribándolo al suelo. Shiikacep alzó su mano derecha y de ella apareció una esfera rojiza – “Contemplad a vuestro nuevo Dios” – nos dijo con una mirada siniestra en sus ojos y una sonrisa maléfica. La esfera salió disparada hacia el prisionero caído, acertándole en la cabeza y dejando tan solo un cuerpo decapitado frente a nosotros. […]

En ese momento, Anshar paró la grabación, quedándose congelada la imagen del Anunaki con la cara llena de rabia y frustración mirando al suelo y una lagrima saliéndole de los ojos. El horror del relato me golpeaba. Tenía la mandíbula tensa, apretando los dientes. La sangre palpitaba en mis sienes y sentía el corazón desbocado. ¿Podía existir tanta maldad en el universo? ¿No había forma de detener ese sinsentido? Ixchell debía tener unos sentimientos similares a los míos, ya que apretaba mi mano con tal fuerza que dolía.

—Esa es la declaración oficial del líder del ejército que se iba a enfrentar a Shiikacep cuando el Gran Consejo le interrogó. Tan solo once oficiales regresaron. Todos de diferentes razas. Todos con la orden de repetir a sus líderes lo que habían visto y oído.

Acto seguido, Anshar volvió a deslizar su mano por el cristal y la imagen se distorsionó hasta cambiar y mostrar un rostro bien distinto.

—Ésta es la imagen oficial de Shiikacep que está en los archivos de la Gran Alianza —dijo señalando la imagen que acababa de aparecer en la mitad izquierda de la gran pantalla.

La imagen mostraba a un Virii común, como los que había podido ver el día anterior. Mostraba un ser bípedo y con forma humanoide de unos dos metros de altura. En esa imagen se podía apreciar perfectamente la piel reptiliana y grisácea propia de su raza, así como la ausencia total de pelo. Sus orejas eran puntiagudas y sus ojos eran totalmente negros, salvo por un iris de un color verde intenso. No tenía nariz, pero eran visibles unos orificios nasales por encima de la boca. En la imagen, aparecía vestido con el típico traje biomecánico que siempre portaban los individuos de su raza. Según me habían enseñado, esos trajes de alta tecnología, les permitía adaptarse a los diferentes medios de los planetas que visitaban, ya que al ser de sangre fría, necesitaban su soporte para sobrevivir a los climas cálidos. En las manos poseía tres gruesos dedos perfectamente articulados y se apoyaba sobre dos pezuñas flexibles que le daban la sensación de caminar de puntillas.

Volver a ver la imagen de un Virii, tan solo un día después de haberme topado con ellos en vivo, me provocaba una sensación de ansiedad. Me llevó a revivir los hechos del día anterior.

—Ésta otra imagen —prosiguió Anshar añadiendo una segunda figura en la mitad derecha de la pantalla— fue tomada por el dispositivo de grabación que todos los oficiales de la Gran Alianza llevan en su uniforme. Es la última imagen que tenemos de Shiikacep —dijo nuestro pequeño amigo.

La segunda imagen mostraba a un ser completamente diferente a como era en el pasado. Su piel había perdido el aspecto reptiliano. Aunque conservaba un tono verdoso, se asemejaba más a la piel humana que la de sus congéneres. En sus ojos, si bien conservaban su esencia original con el globo ocular de color negro, se veía un iris de un rojo intenso rodeando una pupila rojiza que daba escalofríos. La parte superior de su cráneo, justo en el centro, se había tornado azulada y dos pequeñas protuberancias, semejantes a dos pequeños e incipientes cuernos, asomaban de lo que sería su frente. A diferencia del Shiikacep del pasado, ésta nueva imagen mostraba unas orejas redondeadas, sin mostrar rastro de las puntas afiladas que el resto de su raza exhibía.

—No se ha vuelto a ver a Shiikacep desde aquel acontecimiento. Se oyen rumores a lo largo de la galaxia. Y los Viriis siguen extendiendo sus palabras por donde quiera que vayan, con fervor. La destrucción que causa esa raza siempre se hace en nombre de Shiikacep. Pero, según nuestros informes, él no volvió a salir de su planeta. Los Viriis no son tan longevos como los Lantianos o los anunaki —dijo Anshar mientras le hacía un gesto con la mano a Zell para que se levantara y fuera hacia él.

»Desde aquel preciso instante empezamos a investigar y descubrimos que las esferas, en un afán de protegerse, inducen a varios seres del planeta en un largo sueño. Durante su letargo, el ADN de estos elegidos es modificado de tal manera que, al despertar, poseen ciertas habilidades. A estos individuos, protectores de la esfera o del planeta donde ésta reside, los llamamos Los Guardianes. Tenemos el firme convencimiento de que Shiikacep se convirtió en el primer Guardián designado por La Esfera.

Mi mente comenzó a pensar en Ari. Si ella era un Guardián ¿Qué cambios llegarían a producirse en su cuerpo? ¿Era su aspecto actual el definitivo de su mutación? Intenté sacudir esos pensamientos para centrarme en los hechos importantes que Anshar nos estaba contando.

—En Lantia había cuatro guardianes. Sus identidades permanecían hasta hoy en secreto por su seguridad y la de sus familias, pero creo que,  teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, es nuestro deber revelaros algunos detalles. Es el momento de que conozcáis vuestros orígenes.

»Ixchell… tu madre, Arell, era la llamada Guardiana del Norte de Lantia —Ixchell se levantó como un resorte con la cara llena de asombro, pero inmediatamente se volvió hacia su padre con una mirada de reproche—. No querida. No culpes a Zell por no haberte contado nada —dijo Anshar rodeando los hombros de éste en señal de apoyo—. Él siempre tuvo prohibido destapar la verdadera identidad de tu madre. Siempre quiso contarte la verdad, pero mantener el secreto era primordial para la seguridad del planeta y de vuestra raza —la mirada de Ixchell hacia su padre se suavizó, mientras Zell le dirigía una tierna mirada. Era el primer gesto que denotaba su rostro desde que entramos en esa sala.

»En cuanto a ti, Tull—di un respingo en mi silla. Me había centrado tanto en mis acompañantes que había olvidado que Anshar no había terminado su explicación—… tu padre era el Guardián del Sur de Lantia.

No podía ser. ¿Mi padre era un Guardián? No conocí a mi padre. Murió justo antes de que yo naciera, pero mi madre siempre le describía como alguien normal y corriente. Severo, pero justo. Cariñoso y fiel. Siempre sacaba un rato para estar con ella y, según me lo describía, era muy amigo de sus amigos. Siempre pasaba mucho tiempo fuera de casa. Viajaba por toda Lantia “resolviendo problemas”, como le solía decir a mi madre. Ahora veía que no era una simple expresión.

—Junto a vuestros progenitores, había otros dos Guardianes. El del Este y el del Oeste de Lantia. Por el momento, por seguridad, mantendremos su identidad en el anonimato, pero sí os diremos que lamentablemente, al igual que vuestros padres, fallecieron en la guerra con los Viriis.

»Cuando vuestros Ancianos se vieron obligados a tomar la decisión de abandonar vuestro planeta para trasladarse a La Tierra, trajeron también en secreto la Esfera que durante eones había estado protegiendo Lantia. Hasta ahora, no sabíamos que repercusiones tendría esta acción, pero como nos ha dicho Zell, vosotros dos tenéis algunos de los dones que tienen los guardianes de otros mundos. Ixchell tiene sueños extraños, como si estuviera en un campo de batalla y todas las personas a su alrededor hubieran muerto —en la cara de Anshar se dibujó un gesto de ternura y compasión—. Siento decirte que lo que ves en tus sueños, es realmente lo que vivió tu madre en la guerra en Lantia.

Ixchell miró a su padre con los ojos húmedos, apunto de llorar mientras este le afirmaba lo que Anshar decía con un gesto con la cabeza.

—Mientras que tú, Tull… bueno, de ti podríamos decir que puedes estar en dos sitios a la vez ¿verdad?

En ese momento, debí quedarme pálido, un sudor frío comenzó a recorrerme la columna. ¿Cómo podía saber eso? Miré a Ixchell, estaba triste, mirando al suelo y creo que sin prestar atención a nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

Una sensación de desconcierto acudió a mi mente, si La Esfera había mutado a Shiikacep y posiblemente a Ari, ¿que nos iba a hacer a nosotros?

—Bueno, ya habrá tiempo de averiguar los dones que tenéis y por qué los tenéis —dijo Anshar—. Antes, volvamos al mapa y los puntos luminosos —añadió mirando a Ari con una pequeña sonrisa de complicidad.

Ari, que mientras duraba el relato de Anshar había caído en el mismo decaimiento que todos nosotros, cambió su expresión. Parecía muy interesada en los planes que tenían que contarnos.

—Si os fijáis, podréis observar que hay varios puntos fijos por todo el planeta. Como ya os dije antes, estos puntos marcan lugares donde seres de otras razas externas a La Tierra, han tenido contacto con los habitantes nativos. Están marcados en cuatro colores. Los amarillos, marcan las zonas visitadas en algún momento por los anunaki. Los rojos corresponden a las visitas de los pandrianos y los verdes marcan los lugares donde mi pueblo, los mintakianos, hemos estado. Cuando estas civilizaciones vuelven a entrar en contacto con los pueblos establecidos, se ponen de color azul y parpadean. Así es como sabemos que el contacto se está produciendo en ese mismo momento.

»Éste punto de aquí —dijo señalando Atlántida— sois vosotros, los Lantianos. Como vuestra tecnología actualmente está en funcionamiento, el punto es de ese color azul. Os hemos tenido bajo control desde que llegasteis —añadió mirando a Zell que  confirmó los hechos con un asentimiento—. Pero este otro punto que apareció hace varios días, es un misterio para nosotros. Surgió de repente. Suponíamos que podría ser la nave Virii que viste ayer Tull, pero hemos puesto un satélite en órbita y aún no hemos encontrado nada relevante. Solo sabemos que algún tipo de artefacto de tecnología desconocida está siendo detectado en la zona. Las imágenes del satélite no muestran ninguna nave. Puede que sea algo más pequeño.

La cara de preocupación de Zell era notable, si los Viriis encontraban la esfera, no tardarían en contactar con los suyos para venir a la tierra y hacerse con ella a toda costa, destruyendo todo a su paso y dejando un erial tras de sí.

Zell, que ya estaba al lado de Anshar, inclinó levemente la cabeza hacia este, que le devolvió el saludo de la misma forma. Se giró hacia nosotros y con voz rígida y firme nos dijo—: Ari, Ixchell, Tull… venid conmigo. Debemos averiguar qué es ese punto azul.

Continuará…

12/08/2013