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«Disparar a la gente daba, creo, como un estremecimiento. Sacaba algo de ti.» Estas impactantes palabras fueron pronunciadas por Charles Starkweather tras su detención en 1958.

Nadie que le conociese en ese año diría que Starkweather era un muchacho feliz. Como tantos otros jóvenes de su generación, la infancia de Starkweather había transcurrido dominada por los efectos de la Gran Depresión norteamericana, pero no todos dejaron que el resentimiento se colara en sus corazones. Starkweather sí.

Algunos achacaban a las penurias sufridas su carácter tosco y hostil, pero lo cierto es que había algo más, algo más profundo en su carácter antisocial. A los 19 años Starkweather trabajaba de basurero y también a los 19 años cometió su primer asesinato. La víctima fue Robert Colvert, empleado de una estación de servicio a la que Starkweather había entrado para atracarla. Después de que Colvert le entregase 108 dólares de la caja, Starkweather le metió en el maletero de su coche a punta de escopeta.

Sabía que Colvert le había reconocido, a pesar de tener un pañuelo cubriéndole la cara. Ya en un lugar apartado de la ciudad de Lincoln, Nebraska, Starkweather no dudó en dispararle a la nuca dejándolo muerto entre las malezas. No había habido testigos y la policía jamás molestó a Starkweather por este crimen, por lo que las siguientes seis semanas transcurrieron para él con toda normalidad. Durante ese tiempo se entretuvo practicando lanzamiento de cuchillo con su novia de 14 años Caril Fugate. A pesar de que ambos se quisiesen y pasaran muchas horas juntos, la familia de ella nunca aprobó esa relación.

La madre de Caril acusaba a Starkweather de haber dejado a su hija embarazada y prohibía a este volver a verla. Un día en el que las palabras fueron a mayores Starkweather pegó a la madre de Caril y cuando su marido acudió a defenderla martillo en mano, el joven sacó la escopeta de su camioneta y le disparó en la cabeza. Acto seguido golpeó a la mujer con la culata al menos dos veces y la dejó muerta en el suelo. La matanza no había acabado. Avisado por Caril de que su padrastro aún vivía, Starkweather le siguió hasta su habitación donde le clavó un cuchillo de cocina en el cuello repetidamente. Luego lo usó para matar a la hija menor de la familia, Betty Jean Barlett, de dos años y medio.

Cometidos los crímenes, se sentó en el sofá a ver la televisión. «No recuerdo lo que ponían. Necesitaba un poco de ruido. Había demasiado silencio», contaría más tarde a la policía. Tras unas horas de reposo, ambos enamorados escondieron los tres cuerpos y limpiaron la casa, donde se quedaron a vivir durante seis días. Para Starkweather aquella fue la mejor semana de su vida, sin nadie que le diese órdenes. Era el rey del hogar. Nunca perdió la serenidad. Ni siquiera cuando recibió la visita de un par de agentes que acudieron alertados por las llamadas de los familiares que no lograban contactar con el matrimonio.

Sus buenos modales y la excepcional bienvenida dispensada hicieron que los policías ni siquiera inspeccionasen las habitaciones. Pero Starkweather sabía que el engaño no duraría mucho más y ya con Caril Fugate decidió acudir a la granja de un viejo amigo de su familia, el anciano de 70 años de edad, August Meyer. Caril había decidido acompañarle voluntariamente y serle fiel en el futuro que les aguardase, fuera cual fuese. Ya había mostrado signo de esa fidelidad ayudándole a matar a su padrastro y no oponiéndose al asesinato de su hermanastra.

En el camino de entrada la furgoneta se quedó atascada por el barro. Ya en prisión, Starkweather aseguró que esta fue la razón por la que mató al anciano. «Caril estaba muy cabreada porque nos habíamos quedado atascados. Dijo que teníamos que ir a liquidarlo por no haber limpiado el camino. Yo le dije que de acuerdo». Meyer murió de un disparo de escopeta y su cadáver fue arrastrado hasta el lavadero, donde Starkweather lo dejó tapado con una manta. Para entonces la policía ya había descubierto los cadáveres de la familia de Caril y seguía la pista a la pareja de asesinos. Estos desconocían las últimas noticias, pero intuían que debían actuar deprisa, así que después de descansar y comer algo salieron nuevamente a la carretera, pertrechados ahora con un rifle y una escopeta recortada.

La furgoneta no podía andar por aquellos barrizales y decidieron hacer autostop. Dos estudiantes del instituto local, Robert Jensen y Carol King, les recogieron y nada más subirse Starkweather amenazó a Jensen con su arma. Su cadáver aparecería en la entrada del sótano de la escuela con seis disparos en la oreja izquierda, junto al de Carol King. Ella con los pantalones y las bragas bajados hasta las rodillas y con daños internos en la vagina, el cuello del útero y el recto producidos por un instrumento muy cortante. Starkweather siempre aseguró que a la joven la asesinó Caril por celos cuando él la quiso violar. No había rastro de esperma ni indicios de agresión sexual, por lo que la violación no llegó a efectuarse. Siempre según la versión de Starkweather, fue entonces cuando él quiso entregarse, pero Caril le quitó la intención de la cabeza. «Yo le dije que me iba a entregar y ella me decía que no. Yo decía que sí, y ella decía que no».

Ya sabemos que los psicópatas son grandes mentirosos, por lo que esta declaración nunca fue tomada en serio. Sus deseos de ver los estragos producidos les llevó a regresar a casa de Caril, por donde pasaron de largo al ver que la policía tenía el lugar acordonado. Se dirigieron al barrio más exclusivo de Lincoln y penetraron en la mansión del industrial de 47 años C. Lauer Ward. En el interior se toparon con su mujer, a la que mataron al cabo de unas horas, y con la criada del hogar, asesinada junto al señor Lard cuando este regresó del trabajo. Los cuerpos fueron encontrados al día siguiente. El de Lauer Ward junto a la puerta de la entrada, con heridas de bala en la sien y la espalda, más una herida de puñal en el cuello. El de su mujer, Clara Ward, en el suelo de uno de los dormitorios con heridas de cuchillo en el cuello, pecho y espalda. Y el de la criada, Lillian Fencl, atado a la cama en otro dormitorio, con el pecho, el estómago, las manos, los brazos y las piernas cosidos a puñaladas. Por fin el muchacho recogedor de basuras se vengaba de los ricos que amargaron su infancia. Robando la limusina del industrial, los dos asesinos pusieron rumbo a Washington.

En el arcén de una autopista vieron parado un coche. Asesinaron a su conductor y le robaron el coche dejando el cadáver dentro. Ese sería su gran error. Parados por un hombre que creía necesitaban ayuda, Starkweather inició con él una pelea que alertó a un coche patrulla que casualmente pasaba por allí. Tras una trepidante persecución, Starkweather se entregaba en medio de una lluvia de disparos. Cuando los periodistas acudieron a la penitenciaría a fotografiarles, Caril se presentó con la cabeza tapada por una bufanda y sonriendo levemente. Starkweather fingía no prestar atención, pero fumaba un cigarrillo con pose ensayada, al estilo James Dean.
Caryl Fugate, novia de Charles Starkweather y cómplice en sus asesinatos. Durante el interrogatorio al que fue sometido aseguró que todas las muertes habían sido en defensa propia y que realmente él no quería haber ocasionado ningún mal.

Como tantos otros asesinos seriales, Starkweather mostraba un tremendo desconcierto en la motivación que rodeó a sus crímenes y, también como tantos otros, habló de fuerzas internas que se apoderaban de su cuerpo y le impedían obrar correctamente. Es la estrategia del monstruo dentro de mí, por la cual estos criminales intentan hacer creer a su interlocutor que su cuerpo posee una parte enferma con la que ellos no comulgan, pero que en algunos instantes supera a la parte sana, motivando los crímenes. Es el viejo argumento plasmado por el genial Robert Louis Stevenson en El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde. Nada de ello hay en estas personas, sólo el profundo deseo de hacer realidad sus fantasías de perversión y muerte.