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El asesinato va unido inexorablemente a la condición humana. Durante milenios los criminales han cometido sus fechorías con el morboso anhelo de que estas no les fueran imputadas. En algunos casos fue así, miles de asesinatos perpetrados escaparon a la acción de la justicia, bien, por falta de pruebas, o porque sencillamente, los cadáveres se evaporaron con lo que sus crímenes pasaban a ser perfectos. La policía desde su creación ha mantenido como primer objetivo la resolución de cualquier caso por complicado que este fuera. En los primeros siglos de su implantación los testigos presenciales o las rotundas confesiones eran la principal baza a la hora de resolver un caso. Posteriormente, la tecnología y los métodos deductivos se mostraron fundamentales para evitar los crímenes perfectos. Hoy en día series televisivas como CSI nos enseñan que las diferentes policías científicas del mundo cuentan con una sofisticada maquinaria que permite descubrir a cualquier asesino por muy previsor que este sea a la hora de ocultar pruebas esenciales que delaten su crimen. Lo único que se precisa es tener a disposición el cuerpo del delito y las circunstancias que rodearon su muerte. Como dice Gil Grisson, el protagonista de la serie anteriormente citada: “no importa lo que usted nos cuente, las pruebas hablarán por usted”. Sin embargo, a principio del siglo XVIII la policía distaba mucho de ser lo que hoy es.

En esos tiempos se desconocía la fotografía, el valor de las huellas digitales y los estudios de ADN. En consecuencia, se debían barajar otras técnicas bastante más rudimentarias y no siempre eficaces. Los policías dieciochescos cultivaban sin duda la perspicacia, la intuición y, sobre todo, el conocimiento exhaustivo de la sociedad a la que debían servir. Les voy a relatar una historia que nos pone en contacto con los métodos utilizados por la policía londinense en el primer tercio del siglo XVIII.

Corría el 2 de marzo de 1726, Londres era por entonces la metrópoli de un incipiente imperio que se empezaba a extender por todos los continentes. Los orgullosos habitantes de la populosa urbe aprovechaban cualquier rayo de sol para disfrutar de saludables paseos por los bellos parajes que rodeaban la ciudad del Támesis. Precisamente, cerca de este río se produjo en ese día un macabro descubrimiento que alteraría sensiblemente la vida cotidiana de los londinenses.

En aquella mañana soleada unos vecinos que paseaban por Horse Ferry Wharf se toparon con lo que parecía una cabeza humana. En principio fue difícil esclarecer la deducción, dado que la zona había sido anegada por la lluvia días antes y ahora se presentaba cubierta de barro. No obstante, los viandantes se introdujeron en el lodazal hasta el sitio donde había sido vislumbrada aquella presunta testa. Una vez llegados al punto concreto se incrementó su temor. En efecto, era una cabeza humana y todavía fresca; la sangre aún sin coagular así lo atestiguaba. Con presteza envolvieron el macabro hallazgo en una tela y raudos se dirigieron a la comisaría más próxima. Una vez allí contaron excitados lo que les había sucedido, y para asombro de los presentes, descubrieron el particular tesoro escupido, a buen seguro, por el Támesis.

Desde luego que aquello era una cabeza humana, pero ¿quién era su dueño?, ¿dónde estaba el resto? Pronto la policía londinense destinó varios efectivos a la zona del descubrimiento. El propósito no era otro, sino localizar los restos del cadáver a fin de intentar una mejor identificación. No obstante, se contaba con la faz del fiambre y eso facilitaba enormemente las cosas. En esos años las desapariciones misteriosas eran frecuentes en el Reino Unido: presos huidos de las cárceles, asesinos escondidos de la justicia, ladrones con más prisa que pausa o víctimas ocultadas para siempre por sus verdugos. Lo cierto es que, por entonces, era sumamente fácil escapar de cualquier pena impuesta por los tribunales. Las colonias americanas constituían un auténtico santuario, no solo para inmigrantes económicos o políticos, sino también para delincuentes de toda clase y condición. Por tanto, era frecuente encontrarse con listas interminables de fugitivos de la justicia o simples desaparecidos de los que nada se volvía a saber. Como antes he dicho, los métodos policiacos eran todavía primitivos y el trabajo abundante.

Durante un par de días los policías estuvieron rastreando el lugar donde había sido descubierta la enigmática cabeza. Todo se complicaba por momentos, el cuerpo parecía haberse esfumado y, además, nadie reconocía el rostro de aquel individuo tan extraño. Finalmente, las autoridades decidieron algo extremo, nada menos que clavar la cabeza en una pica para mostrarla a la ciudadanía londinense; quizá esta exposición pública obtuviera los resultados que por el momento no se estaban consiguiendo. Así pues, el cráneo de ojillos vivaces fue empalado frente a Saint Margaret en Westminster. Pronto la noticia circuló por plazas y barrios de la city. Cientos de curiosos se acercaron para contemplar los rasgos morfológicos de aquella cabeza que, por cierto, ya empezaba a estar algo pútrida y transfigurada. La imagen como ustedes pueden imaginar, no era muy agradable. Con todo, la policía esperaba que el asesino se aproximara a su víctima.

Los guardias que custodiaban los restos humanos tenían ordenes expresas de detener a todo aquél que ofreciera signos evidentes de arrepentimiento o culpabilidad, pero nada de esto se produjo, y los días fueron pasando hasta que una mañana alguien elevó la voz para exclamar: “¡Parece John Hayes!”. La frase pasó desapercibida dado que anteriormente muchos habían proferido frases idénticas atribuidas a otros tantos desaparecidos. La policía resignada al no poder descubrir el origen de aquel cadáver, tuvo la delicadeza de refugiar lo que quedaba de cabeza en una tinaja llena de ginebra, así al menos, se podría conservar mientras se seguía buscando la clave de aquel misterio. De ese modo tan artístico, la cabeza fue a parar a una sala olvidada de las dependencias policiales londinenses. Se pusieron anuncios animando a los ciudadanos denunciantes de alguna desaparición que fueran a inspeccionar la cabeza por si se trataba de algún allegado. Durante días cientos de curiosos se acercaron para ver el cráneo. El policía de turno lo sacaba de la urna a petición del demandante, y tras la negativa en cuanto a su reconocimiento, lo volvía a depositar en la ginebra. Así una y otra vez, lo que convirtió a esta curiosa cabeza en la más embriagada de la historia del crimen. Finalmente, aquel testigo que había creído reconocer en el rostro expuesto al de su vecino John Hayes, pasó a la acción. Y es que John Hayes era un carpintero muy popular en su barrio y, curiosamente, su desaparición coincidía con las fechas en las que la cabeza fue descubierta. ¿Sería él?

La respuesta sin duda la podría tener su esposa Catherine Hayes. Hasta entonces esta mujer había dicho que su marido se largó sin mayor explicación. Ella, en un alarde de deducción detectivesca, aseguró sin tapujos que su marido desapareció tras asesinar a dos niños en una excursión campestre; esto no encajaba, dado que las dos criaturas no aparecían, y ni siquiera se había denunciado un hecho similar. Catherine ofreció nuevos pretextos ante la insistencia de los vecinos. Finalmente, las presiones de éstos la obligaron a ir a la comisaría donde se encontraba la cabeza presuntamente reconocida por el amigo de su marido. Catherine temblorosa solicitó la izada de testa. El policía acostumbrado al ritual lo realizó casi de forma mecánica, pero en esta ocasión algo trastocó la liturgia, fue la propia Catherine, quien ahogada por la emoción, profirió un agudo chillido seguido de convulsiones y tembleques, entre tanto malestar acertó a decir: “¡Eres tu John, o Díos mío, pero que te han hecho!”. Catherine, en la línea de las mejores actrices británicas, se abrazó a la tinaja donde estaba la cabeza de su marido por fin recuperado. Los policías la separaron a duras penas, parecía que aquel caso tan raro comenzaba a encauzarse; pero algo extraño habían visto en la cara de Catherine.

La policía, muy acostumbrada a contemplar los rostros de los criminales, vio en el de Catherine rasgos de culpabilidad; puede que fuera tan solo una apreciación poco formal por parte de los inspectores, pero a esas alturas poco se perdía con un interrogatorio en toda regla a la desconsolada viuda. Los eficaces policías utilizaron su agobiante sistema de preguntas desconcertantes. El acoso a la sospechosa dio sus frutos, Catherine confesó el asesinato de su marido John. Para la muerte del carpintero contó con la complicidad de dos individuos llamados Thomas Wood y Thomas Billings, los cuales accedieron a cometer el crimen a cambio de 1.500 libras, suma que presuntamente integraba la herencia de John Hayes. ¿Por qué lo mataron? La explicación efectuada por Catherine no dejaba lugar a dudas; John Hayes era un alcohólico empedernido, sus constantes peleas desembocaban en palizas e insultos que llegaron a ofuscar la mente de Catherine quien no reparó en comentarios terribles sobre su marido para convencer a los dos Thomas sobre lo que tenían que hacer si querían en verdad ayudarla a escapar del infierno familiar. Por ejemplo, les aseguró que John era ateo y asesino de sus dos hijos. En definitiva se intentaba hacer ver que los piadosos criminales mataron a John como favor a la humanidad.

El método empleado no pudo ser más simple. En una noche previa al 2 de marzo de 1726 Catherine suministró al menos seis jarras de vino a su marido mientras este trabajaba en su taller de carpintería. Una vez aturdido por el alcohol, los asesinos lo golpearon con saña hasta que cayó al suelo donde le asestaron múltiples hachazos que acabaron con su vida. A fin de evitar pruebas incriminatorias, le cortaron la cabeza y la escondieron en el sitio de donde fue recuperada. La propia Catherine se encargó de recoger la sangre en un cubo. La posterior confesión llevó a la policía a un lugar llamado Marylebone, paraje en el que fue descubierto el cuerpo descabezado de John. La policía solo tuvo que encajar cabeza y tronco para comprobar que efectivamente aquél cadáver era el de John Hayes. Toda suerte de rumores comenzaron a circular por Londres, se dijo incluso que aquel asesinato había sido motivado por las relaciones sexuales mantenidas entre Catherine y sus dos compinches; los lógicos celos del carpintero habían provocado el fatal desenlace. Los tres asesinos fueron condenados a muerte: Thomas Wood y Thomas Billings murieron ahorcados el 9 de mayo de 1726; para Catherine la pena impuesta fue aún más dura, ya que recibió el castigo de morir en la hoguera.

La costumbre decía que la condenada debía ser estrangulada antes de soportar las llamas, sin embargo, el verdugo falló, sin llegar a realizar bien su trabajo. Sus manos oprimieron el delgado cuello de Catherine durante unos segundos; tras esto, ella se desmayó dando a entender que ya había fallecido. Para su desgracia no fue así, cuando el chapuza de su verdugo prendió los troncos de la pira Catherine despertó entre alaridos, ya nada se pudo hacer por aquella infeliz que murió pataleando entre el fuego. Nunca sabremos si las maderas que la quemaron provenían de la carpintería de su marido. El caso quedó cerrado y la misteriosa cabeza descansó al fin junto al resto del cuerpo. La policía londinense utilizó un sistema tan sencillo como eficaz, la exposición pública de la única prueba disponible fue, a la postre, lo que delató a los culpables del asesinato. Y, es que amigos, no hay nada más útil para un policía que enfrentar al asesino y a su víctima cara a cara. En 1839 William Makepeace Thackeray, el famoso escritor y periodista encontró en esta historia popular británica la suficiente inspiración para crear su primera novela que llevó por título Catherine: A Story.